“Peruano de Nacimiento, Sanjuanista por la Gracia de Dios”.

Este es el hermoso lema que la Promoción 1956 nos ha legado, y que a todos los “canarios” nos hace sentirnos bien. En una mañana tibia de abril del año 1966, con un sol juguetón entre las nubes, nuestros pasos centrípetos por primera vez nos acercaron al Glorioso Colegio Nacional de San Juan. Treinta y ocho años después, mis pasos se han detenido nuevamente en el viejo claustro de puerta herrumbrosa y arcos catedrálicos, y me ha embragado el mismo sentimiento de respetuosa admiración y de asombro ante la conciencia de lo que representa nuestro egregio colegio, que muestra el mismo patio que en aquellos años exhibía el frondoso y bullicio bosque de cristinas beige, algunas sobre cabecitas limpias y castañas, y otra mas bien hirsutas y clase medieras, que sin tener otro capital más que la inteligencia, exhibían orgullosos sus distintivos rojos. Cual pequeños comandos lucíamos uniforme nuevo que se ensuciaba con inocente crueldad, algunos alumnos mayores, mostraban uniforme reciclado pero siempre limpio y planchado seguramente con plancha de carbón, de hierro y gallito incorporado.

Al pie de los arcos mesosómicos he vuelto a recordar la enseña de don Genaro Diestra García: Después del hambre y la enfermedad, el analfabetismo y la incultura son los peores enemigos de los seres humanos. Allí esta todavía la vieja campana de “San Pedro” cuyo teñer vigoroso desgranaba cardenillo y nos convocaba a la formación matinal, allí esta la figura del joven suboficial de tórax prominente y mirada inquisidora que pasaba revista a nuestras insignias de lata, parecía que en lugar de llevarla en el brazo quería la lleváramos en el pecho. Me pareció escuchar de nuevo en el balcón la voz ronca y enérgica del suboficial Cordero, señalando con ademanes firmes que en LO SUCESIVO todo debería desarrollarse con marcialidad y disciplina.

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